domingo, 24 de mayo de 2009

Me atrevo a decir - Irina Gallardo

Llovía, el día era aburrido y apenas unos pocos pájaros pasaban frente a mi ventana. Mirando por el balcón, hacía la avenida, me acordé de algo que había tenido ganas de hacer alguna vez. Dejar un objeto en el medio de la avenida e imaginar que podría encontrar a la dueña, obviamente tenía que ser un objeto de mujer, ¿pero qué sería ese objeto? Hurgué entre las cosas que había dejado la dueña anterior del departamento para ver si encontraba ese objeto que me entretendría por un rato. Cuando me estaba cansando de buscar, tomé la última caja y ahí, en el fondo, debajo de todas las cosas, encontré una foto en la cual había una casa con una familia a lo lejos y esa casa me era conocida, no recordaba muy bien cómo la conocía y cómo me acordaba de ella, pero había algo que resonaba en mi memoria.

Tomé la foto con cuidado, por si se rompía, guardé la caja y coloqué la foto arriba de la mesa.

Era miércoles, estaba terminando un día agotador de trabajo, pasé por un restaurante de comida rápida y caminé hacía mi casa, no podía caminar tranquilo ya que la multitud me obligaba a llevar un ritmo acelerado, pero al fin y al cabo me acostumbré a esta forma de vida, al caos. Cuando digo “me acostumbré” es porque me crié en un campo, donde los únicos ruidos que se escuchaban eran el canto de los pájaros y las ramas del sauce llorón que golpeaban suavemente contra el techo, y donde las únicas apuradas eran las gallinas a la hora de comer el maíz. En mi familia éramos mis padres, mi hermana menor y yo. El 1 de Enero de 1995 sufrimos un accidente, del cual sobrevivimos mi hermana y yo, mis padres fallecieron al instante. Aunque mi hermana se encuentre en estado vegetativo, sé que cuando voy a visitarla me escucha. En cuanto a mí sufrí un par de lesiones no muy graves y pude recuperarme después de 24 meses. Ya han pasado 10 años de ese triste acontecimiento y aún busco a alguien que pueda reemplazar esta angustia por amor. Es verdad que he tenido varias aventuras pero nadie, hasta ahora, pudo hacerme sentir feliz de nuevo, la única que pudo fue Almendra, todavía la recuerdo como si fuera ayer. Almendra fue y seguirá siendo la mujer de mi vida, con la que compartí toda mi niñez y adolescencia, hasta que sus padres decidieron mudarse a un lugar no muy cerca del campo, ya ni recuerdo el nombre de la ciudad. Al principio nos mandábamos cartas pero pasó el tiempo y supongo que ella conoció a alguien, porque dejó de responderme. No fuimos novios ni nada, solamente fuimos muy buenos amigos, pero estaba enamorado de ella desde que tengo noción de mis sentidos, nunca me animé a confesárselo por miedo de que me dejara de hablar.

Decidí irme al campo que heredé de mis padres, a pasar las vacaciones de verano, después de un año muy agotador quería recordar las sensaciones que me provocaba ese lugar. Agarré un bolso chico con poca ropa y partí hacia el campo.

Cuando llegué me encontré con Pedro, el peón que estuvo desde siempre cuidando de todos los trabajos que requería la estancia. Nos saludamos con un fuerte apretón de manos y entramos a la casa para ponernos un poco al día. No lo veía desde que mis padres fallecieron, ya que me había mudado con mi abuela y cuando terminé el colegio me fui a Capital. Luego de un rato de charla me animé a preguntarle sobre Almendra y su familia, sobre si habían vuelto o si la estancia de ellos seguía sin habitar. Por suerte me respondió con lo que quería escuchar, la estancia seguía abandonada.

Al día siguiente, ensillé a uno de los caballos y me dirigí al campo de los Menéndez. Entré sigilosamente en la casa, fui hasta al cuarto de Almendra y me encontré con ella, no lo podía creer, seguía hermosa como siempre, castaña, ojos verdes, esa sonrisa deslumbrante que contagiaba la alegría.

-¡Hola! ¿Cómo estás? – me dijo entusiasmada.

-¿Almendra?

-Si si, soy yo. ¿Tan diferente estoy que no me reconoces?

-No, sí, no, no sé. ¿Cómo estás? ¿Qué es de tu vida?

-Estudio abogacía en Capital, mis viejos se separaron, papá se fue a vivir a Francia y mamá está viviendo con mi abuela porque está muy enferma. ¿Y vos? Contame, qué haces, donde vivís, no sé, algo.

-Yo, trabajo en una empresa, me recibí el año pasado de administrador de empresas, vivo solo en un departamento.

-¿Solo?, ¿Cómo que solo?, ¿Y tu hermana?

-Si, vení. Sentémosno. Resulta que en Enero de 1995 estábamos viajando hacia Pinamar y tuvimos un accidente, al auto le fallaron los frenos y en una curva no pudimos parar. Mis viejos fallecieron al instante, mi hermana está en estado vegetativo y yo sufrí un par de lesiones pero gracias a la rehabilitación me recuperé.

-Hay, no lo puedo creer. No sabes cuando lo lamento, en serio.- me dijo esto dándome un abrazo, de esos que me daba cuando nos encontrábamos todos los días.

-¿Cuánto tiempo vas a estar acá?- le pregunté muy intrigado.

-Me voy mañana a la mañana, vine a buscar un par de cosas que quedaron, porque mi papá quiere vender la estancia. ¿Vos, hasta cuándo te quedas?

-Tengo pensado quedarme dos meses, para relajarme un poco y retomar el caos de la rutina diaria. Me gustaría que un día que estemos los dos allá, nos juntemos a conversar un rato, ponernos al día, eso sí, sino tenés ni ningún compromiso.

-No no, terminé con mi ex novio hace 6 meses. Me encantó la idea, sería buenísimo. Te dejo mi número y cuando quieras, me llamas.

Me dio su número en un papel rosa y volví a mi estancia. No lo podía creer, volver a verla, volver a sentir todo lo que sentía por ella, era increíble.

Pasaron los días, las semanas, hasta los dos meses y no pude dejar de pensar en ella, estaba ansioso por volver a verla. Terminé de juntar todas mis cosas, me despedí de Pedro y partí a Capital.

Hacia una semana que había llegado de la estancia, pensé que era momento para llamarla e invitarla a algún café o porque no a mi departamento. La llamé y aceptó sin dudarlo, llegaría a mi departamento en cualquier momento. A la hora, sonó el timbre y era ella.

-Hola, ¿cómo estás?, pasa.- le dije sin dejar de mirarla a los ojos.

-Hola, muy bien, ¿vos?, permiso. No puedo creer que vivas acá.- dijo sin que le pudiera contestar.

-Si si, hace 3 años que vivo acá, ¿por qué? ¿Lo conoces al departamento?

-Sí, acá vivió mi mamá cuando se separó de mi papá.

-Ah, entonces, vos, las cajas, la foto, la estancia de tu tío. ¡Ya sé! -Almendra me miraba asombrada, desconcertada, sin entender lo que estaba diciendo.- Te explico, hace unos meses, encontré en una caja esta foto- la busqué entre los papeles que había arriba de la mesa, la tomé y se la mostré- en la que hay una familia y una casa, pero no me pude acordar porqué esa casa me era conocida, ahora que me decís que tu mamá vivió acá, me acuerdo de esa casa, es la estancia de tu tío Alberto.

-Sí sí, no puedo creer que esté pasando esto.

Hablamos horas y horas, días, semanas, meses, y hasta años enteros.

Hoy, después de 5 años de haberla encontrado, sentado acá, en mi casa, me atrevo a decir que volví a ser feliz y esta vez es para siempre. Me atrevo a decir que somos para siempre Hipólito y Almendra.

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