Sofía tenía 11 años y Matías 10, prácticamente se habían criado juntos. Sus vidas habían transcurrido en esa cuadra tan acogedora, en la que eran los únicos niños, esa cuadra a la que sentían como su casa.
En aquella cuadra habían encontrado y descubierto de todo, desde conejos hasta los seres más extraños que alguien podría imaginarse. Allí habían conocido a Osvaldo. A este peculiar ser humano, al que sólo ellos podían ver, los grandes lo llamaban imaginario, ¡pero Osvaldo era de verdad! Aclama todavía hoy Sofía.
Osvaldo, o Longui como Sofía y Matías lo llamaban, era un hombrecito guapo, de manos grandes que siempre vestía con una remera rayada negra y verde, pantalones oscuros y un saco haciendo juego. Compartía las tardes enteras con los niños y hasta se quedaba a dormir en la casa de alguno de ellos en ocasiones. Los tres súper-amigos recorrían la cuadra de punta a punta, encontrando un mundo diferente en cada metro que traspasaban. Pero había un tramo en el que cruzaban de vereda, era ese terreno baldío al que nunca habían entrado por la sensación de tenebrosidad que la reja que lo cercaba les producía.
Sofía, quien a pesar de ser mujer, era la más valiente y curiosa de los tres, siempre había querido entrar. Así fue como un día, cuando Matías y Longui ya se habían despedido, ella entró. Invadida por el miedo se frenó en la mitad pero la curiosidad pudo más y continuó, estaba muy oscuro y Sofía caminaba por instinto, con sus sentidos más despiertos que nunca. De pronto se topó con algo inmenso, pero por la densa oscuridad no podía saber que era, por lo que lo empezó a palpar y pudo deducir que se trataba de una inmensa caja, la inspeccionó y cuando por fin logró abrirla, el mundo ya no era el mismo… ¡SOFÍA!, se escuchó, su mamá la llamaba a comer.
La niña no pudo dormir pensando en lo que había descubierto, ¿se lo debía contar a los chicos? Al día siguiente se levanto más temprano que nunca, sintiéndose diferente, después de comer llamó a Matías para jugar como lo hacía todos los días, al cabo de un rato ya no le divertía explorar, sentía que algo faltaba ¿o alguien?. Matías por momento hablaba sólo y ella no entendía lo que decía, se sentía extraña, mal, por lo que decidió ir a su casa.
Desde ese día no jugó más con su querido amigo, ya no lo veía como antes, Matías era ahora demasiado infantil.
En aquella cuadra habían encontrado y descubierto de todo, desde conejos hasta los seres más extraños que alguien podría imaginarse. Allí habían conocido a Osvaldo. A este peculiar ser humano, al que sólo ellos podían ver, los grandes lo llamaban imaginario, ¡pero Osvaldo era de verdad! Aclama todavía hoy Sofía.
Osvaldo, o Longui como Sofía y Matías lo llamaban, era un hombrecito guapo, de manos grandes que siempre vestía con una remera rayada negra y verde, pantalones oscuros y un saco haciendo juego. Compartía las tardes enteras con los niños y hasta se quedaba a dormir en la casa de alguno de ellos en ocasiones. Los tres súper-amigos recorrían la cuadra de punta a punta, encontrando un mundo diferente en cada metro que traspasaban. Pero había un tramo en el que cruzaban de vereda, era ese terreno baldío al que nunca habían entrado por la sensación de tenebrosidad que la reja que lo cercaba les producía.
Sofía, quien a pesar de ser mujer, era la más valiente y curiosa de los tres, siempre había querido entrar. Así fue como un día, cuando Matías y Longui ya se habían despedido, ella entró. Invadida por el miedo se frenó en la mitad pero la curiosidad pudo más y continuó, estaba muy oscuro y Sofía caminaba por instinto, con sus sentidos más despiertos que nunca. De pronto se topó con algo inmenso, pero por la densa oscuridad no podía saber que era, por lo que lo empezó a palpar y pudo deducir que se trataba de una inmensa caja, la inspeccionó y cuando por fin logró abrirla, el mundo ya no era el mismo… ¡SOFÍA!, se escuchó, su mamá la llamaba a comer.
La niña no pudo dormir pensando en lo que había descubierto, ¿se lo debía contar a los chicos? Al día siguiente se levanto más temprano que nunca, sintiéndose diferente, después de comer llamó a Matías para jugar como lo hacía todos los días, al cabo de un rato ya no le divertía explorar, sentía que algo faltaba ¿o alguien?. Matías por momento hablaba sólo y ella no entendía lo que decía, se sentía extraña, mal, por lo que decidió ir a su casa.
Desde ese día no jugó más con su querido amigo, ya no lo veía como antes, Matías era ahora demasiado infantil.
Carolina Formica Muntaner, 2do I

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